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PENITENCIA

confesion El sacramento de la reconciliación, al que también se le llama el sacramento de la penitencia o confesión, es un rito que se celebra para la remisión de los pecados cometidos después del bautismo. El sacramento, que comprende determinados actos del penitente y la absolución de un sacerdote, se considera como una institución divina. Los actos del penitente abarcan la contrición (pena profunda y sincera por el pecado), la confesión de los pecados graves a un sacerdote, y la penitencia sacramental (oraciones u obras que debe realizar el penitente para reparar los pecados cometidos).

 

Hablar de pecado a los hombres de hoy, puede parecer tiempo perdido. Sobre todo con la gente joven. Suena anacrónico, cosa de tiempos idos, algo propio de ancianos a los que les gana finalmente el rancio recuerdo de las añejas recomendaciones de mamá: “¡Y no dejes de decirle al padre todos tus pecados…!”

La cosa es que la afluencia de “pecadores” a los confesionarios hoy en día es más bien escasa. A tal grado, que no falta algún aprendiz de psicólogo que se aventura a decir que los padrecitos, por andar en otros empeños pastorales más populares y redituables, les hemos dejado el campo franco; y ahora son ellos quienes atienden a estas personas. El diván sustituyó al confesionario.

El pecado es la raíz de todos los males del hombre. Espirituales y materiales. El pecado afecta a individuos, familias, sociedades y naciones enteras. No es el pecado algo puramente espiritual, interior, algo que afecta a las personas y su relación con Dios solamente. El pecado destruye nuestras relaciones con Dios, con nuestros semejantes, con nuestro medio ambiente.

Lo que el Evangelio llama Reino de Dios, que no es algo vago, vaporoso de futura realización en el más allá, crece o se frustra en la medida en que el pecado germina y echa raíces en el hombre. La misma naturaleza, en nuestro medio ambiente, acusa los efectos del pecado del hombre. Está siendo explotada irracionalmente, a tal grado que estamos sufriendo los efectos del calentamiento global, la deforestación incontrolada de nuestros bosques con el consiguiente agotamiento de los mantos acuíferos… Los desastres que esto está provocando entre la población, generalmente más pobre, son consecuencia del egoísmo (pecado) de los hombres. Nunca como hoy es verdadero el dicho aquel que sentencia: “Dios siempre perdona; los hombres a veces perdonamos; la naturaleza nunca perdona”. El pecado no es, pues, cosa de mi conciencia y mi Dios solamente; tiene efectos fuera de mí, entre los de mi familia y en el medio ambiente que me rodea.

¿Qué es el pecado?
“El pecado es una falta contra la razón, la verdad, la conciencia recta; es faltar al amor verdadero para con Dios y para con el prójimo, a causa de un apego perverso a ciertos bienes. Hiere la naturaleza del hombre y atenta contra la solidaridad humana” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1849).

Es, pues, ante todo una ofensa a Dios: “Contra ti, contra ti solo pequé, cometí la maldad que aborreces” (Sal 50,6). Pero, ¿por qué ha de ofenderse Dios de los actos de una criatura humana? Simplemente porque el pecado se levanta contra el amor que Dios nos tiene y aparta de él nuestros corazones. Nosotros somos hechura de sus manos, nos ha creado porque nos ama y nos ama no porque a él le haga falta nuestro amor, sino simplemente para participarnos lo que él es, su vida y su amor. Hemos sido hechos a su imagen y semejanza. Y si Dios es amor, como dice Juan en una de sus cartas, nosotros, hechos a su imagen y semejanza, vivimos de amor, por amor y para amar. Por eso nuestra relación con Dios recorre todas las fibras de nuestro ser. De lo cual se sigue que el pecado es esencialmente un acto de ingratitud, de desprecio a Dios, un suicidio, una loca carrera hacia la nada.

Nuestros pecados actuales, como el primer pecado del hombre, es una desobediencia, una rebelión contra Dios por el deseo de hacerse “como dioses”, pretendiendo conocer y determinar el bien y el mal (Gn 3,5). No es otra cosa la pretensión de quienes luchan por expulsar a Dios de los ambientes culturales, escolares… Es el secularismo que ignora o pretende ignorar la ley natural inscrita por Dios en la naturaleza del hombre. Pero la naturaleza tarde o temprano se cobra rudamente cuando no se la obedece. Basta abrir los ojos y aceptar honestamente que todos los desastres ocurridos en varias partes del mundo por los torrenciales aguaceros, los grandes incendios, son consecuencia del hombre depredador de la naturaleza, no castigo de Dios. Si el hombre agrede al medioambiente, la naturaleza se cobra y caro.

El pecado es, pues, “amor de sí hasta el desprecio de Dios” (S. Agustín). Por esta exaltación orgullosa de sí, el pecado es diametralmente opuesto a la obediencia de Jesús que realiza la salvación.

Misericordia y pecado
“El Evangelio es la revelación, en Jesucristo, de la misericordia de Dios con los pecadores. El ángel anuncia a José: “Tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1,21). Y en la institución de la Eucaristía, sacramento de la redención, Jesús dice: “Ésta es mi sangre de la Alianza, que va a ser derramada por muchos para remisión de los pecados” (Mt 26,28).

“Dios que te ha credo sin ti, no te salvará sin ti”. La acogida de su misericordia exige de nosotros la confesión de nuestras faltas. “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Si reconocemos nuestros pecados, fiel y justo es él para perdonarnos los pecados y purificarnos de toda injusticia” (1Jn 1,8-9) (Catecismo de la Iglesia Católica 1846-1847).

Como dice san Pablo: “Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Rm 5,20). Pero para hacer su obra, la gracia debe descubrir al pecado para convertir nuestro corazón y darnos “la justicia para la vida eterna por Jesucristo nuestro Señor” (Rm 5,20-21). Como un médico que descubre la herida antes de curarla, Dios, mediante su Palabra y su Espíritu, proyecta una luz viva sobre el pecado:

“La conversión exige el reconocimiento del pecado, y éste, siendo una verificación de la acción del Espíritu de la verdad en la intimidad del hombre, llega a ser al mismo tiempo el nuevo comienzo del regalo de la gracia y del amor. “Reciban al Espíritu Santo”. Así, pues, en este “convencer en lo referente al pecado” descubrimos una “doble dádiva”: el don de la verdad de la conciencia y el don de la certeza de la redención. El Espíritu de la verdad es el Paráclito (Consolador)”. Juan Pablo II. Carta Encíclica Dominum et vivificantem, 31.

Es precisamente en la Pasión, en la que la misericordia de Cristo vencerá, donde el pecado manifiesta mejor su violencia y multiplicidad: incredulidad, rechazo y burlas por parte de los jefes del pueblo, debilidad de Pilato y crueldad de los soldados, traición de Judas tan dura a Jesús, negación de Pedro y abandono de los discípulos. Sin embargo, en la hora misma de las tinieblas y del príncipe de este mundo, el sacrificio de Cristo se convierte secretamente en la fuente de la que brotará inagotable el perdón de nuestros pecados.

Los siete pecados capitales

Existen siete pecados capitales y hoy en día se conocen como orgullo, lujuria, envidia, gula, ira, codicia y pereza. Los nombres específicos de los pecados capitales han cambiado un poco en el transcurso de la historia debido a las modificaciones en el idioma y en los significados específicos de las palabras. En los antiguos tiempos cristianos, se referían a ellos como vanagloria, lascivia, envidia, gula, ira, avaricia y abatimiento. La fe cristiana le ha enseñado a sus seguidores a evitar cometer estos pecados a lo largo de la historia.

Nuestras acciones nos hacen mejores o peores: quien trabaja se hace trabajador, quien roba se hace ladrón. El hombre alcanza la santidad a base de realizar buenas acciones, mientras que “quien peca se hace esclavo del pecado”. Esta es la consecuencia natural de una acción humana: nos afecta para bien o para mal. No da lo mismo escoger el bien o el mal. Los pecados rebajan la dignidad humana.

Primero tenemos la lujuria. Este pecado capital es considerado como un pecado que se produce por tener pensamientos sexuales excesivos, así como un deseo sexual incontrolable. Así, la lujuria está considerada como una adicción al sexo o una compulsión sexual. Para la Iglesia, ser lujurioso implica desvirtuar el acto sexual utilizándolo para otros fines que no sean los reproductivos.

La gula es el pecado capital que se identifica con el consumo excesivo de comida y bebida. Asimismo, también se identifica con los excesos de cualquier naturaleza que se realicen de manera irracional e innecesaria.

La avaricia también es un pecado capital que hace referencia al exceso. En esta ocasión, se refiere únicamente a la adquisición de riquezas. Cuando una persona es extremadamente codiciosa y ansía, por encima de todo, adquirir riquezas en su propio beneficio.

La pereza es el pecado capital que crea tristeza de ánimo. Una actitud negativa frente a las obligaciones del hombre, sobre todo a todas las que tienen que ver con sus obligaciones espirituales, tales como los ejercicios de piedad y de religión.

La ira se define como un sentimiento incontrolado de odio y enfado. Podemos decir que una persona comete el pecado capital de la ira cuando adopta una negación vehemente de la verdad así como cuando alberga deseos de venganza. Asimismo, en la actualidad, también se considera ira cuando una persona es intolerante hacia otras, ya sea por motivos de raza o religión.

La envidia hace que las personas cuenten con el deseo de conseguir cosas que tienen terceras personas. Esta envidia puede conducir al deseo del mal al prójimo.

Por último encontramos la soberbia, uno de los pecados capitales más importantes y más serios. Este pecado daría lugar a todos los demás, según las enseñanzas morales de la Iglesia. Se caracteriza por el deseo y convicción de ser más importante y mejor que los demás, adoptando una confianza extrema en uno mismo que deriva en la vanidad.