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CUARESMA

CUARESMA 2014

La Cuaresma es el tiempo en que nosotros, los cristianos, siguiendo al Señor Jesús, aprendemos a servir, a ofrecer lo mejor que tenemos para que el otro sea feliz. Estamos en Cuaresma, un tiempo para aprender a servir.

Felices quienes emplean sus manos, su mente, sus pies en el servicio gozoso de los demás, quienes más allá de todas las crisis, mantienen, ofrecen y practican la esperanza de la resurrección a todos los desvalidos, marginados y oprimidos del mundo. Entonces sí que habrá brotado la flor de la Pascua al final de un gozoso sendero cuaresmal.

PECADO: ¿Quién no ha metido la pata hasta el fondo alguna vez? Con uno mismo, con sus seres queridos, hasta con Dios… y sin que haya mucha excusa ni explicación. ¿Qué hacer ante ello? Hay mucha gente que “lo soluciona” por su cuenta con Dios. Hay otra mucha que, como insistimos tanto en que Dios nos perdona todo ha perdido la capacidad de percibir el mal causado… Hay quien lo identifica únicamente con incumplir normas, y quien cree que llamamos pecado a cosas que no lo son. A veces hay que detenerse y pensar en aquello que, en nuestras vidas, supone una barrera en la relación con Dios, con nuestro mundo, con sus gentes o incluso con nosotros mismos. Aquello con lo que destruimos el sueño de Dios para nosotros.

DEJÁOS RECONCILIAR CON DIOS

Es decir: Reconoce y acepta lo que Dios ha hecho por ti, por nosotros. Nos ha reconciliado. Nos ha vuelto a mirar con cariño de Padre y de Creador. Pero a lo mejor vivimos al margen de la reconciliación o sin que nos interese. Hoy escuchamos: “Deja que Dios haga maravillas en tu vida”. “Deja sitio a Dios en tu vida”.

¡Qué bueno es Dios!  ¡Cuánta paciencia con nosotros! Dios “pinta poco en la vida de muchos” y Dios sigue esperando… Hoy nos dice: “Déjate reconciliar”. “Entra en este dinamismo de perdón y de vida que yo he puesto en marcha en mi Hijo Jesús”.

¿Qué pasaría en tu vida y en la mía si de verdad escuchamos esta palabra de Dios?

¿Ya perdonaste? Es muy frecuente oírlo y creemos haberlo logrado, pero casi siempre la herida se cierra en falso, por dentro queda el malestar que con el paso del tiempo supura y hay necesidad de volver a abrir para sacar el mal de raíz. Olvidar sin perdonar sólo hace que el corazón resulte dañado porque el rencor volverá algún día tarde o temprano, y el mal se verá agrandado y hasta con intereses.

El perdón siendo tan difícil, nunca vendría a nuestras fuerzas humanas, si no tenemos el auxilio de la fe, y el ejemplo de Cristo que desde lo alto de la cruz escribió la página más bella de amor y de perdón a todos los hombres, pues perdonó y disculpó a todos: “perdónalos, porque no saben lo que hacen”, sin olvidarnos que el mismo Cristo puso como única condición para perdonarnos: “Perdónanos… como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.
Todos queremos ser felices y tenemos en nuestras manos una de las claves más bellas para lograrlo: el perdón.

Para poder perdonar debemos ser valientes para mirar de frente al horror, a la injusticia, a la maldad de la que fuimos objeto. No debemos distorsionar, ni sólo disculpar, ni mucho menos ignorar. Hay que ver la ofensa frente a frente y llamarla por su nombre. Sólo si somos realistas podremos perdonar.
Dicho de otro modo, el perdón verdadero implica mirar sin rodeos el pecado, la parte inexcusable y reconciliarse a pesar de todo con la persona que lo ha cometido. Esto y nada más que esto es el perdón y siempre podremos recibirlo de Dios, si lo pedimos.

Reconocer nuestras ofensas no es otra cosa que ser humildes, y la humildad es la base para cualquier acción buena, especialmente cuando la acción ha de estar movida por el amor, como ocurre con el perdón. El soberbio sólo se ama a sí mismo, no se considera necesitado del perdón y, en consecuencia, no puede perdonar.
Para perdonar se requiere también fortaleza, tanto para que la decisión de liberar al otro, de perdonar a la otro, sea firme, a pesar del tiempo. Recordemos que la decisión de perdonar no hace que desaparezca automáticamente la herida, ni desaparece de la memoria, por esto se debe reiterar la decisión de perdonar cada vez que la herida se sienta o la ofensa se recuerde.
Pero a pesar de las disposiciones anteriores (humildad y fortaleza), hay ocasiones en que perdonar supera la capacidad personal. Es entonces el momento de recordar que el perdón, en su esencia más profunda, es divino, por lo que se hace necesario acudir a Dios para poderlo otorgar. De la acogida del perdón divino brota el compromiso de perdonar a los hermanos.

Perdonar puede ser una labor interior auténtica y dura. Pero con la ayuda de buenos amigos y, sobre todo, con la ayuda de la gracia divina, es posible realizarla. “Con mi Dios, salto los muros,” canta el salmista. Podemos referirlo también a los muros que están en nuestro corazón.

Quiero realmente perdonar? ¿Estoy dispuesto a hacerlo?
¿Soy sincero para reconocer que también tengo faltas?
¿Me arrepiento de las faltas y pecados que he cometido?
¿Acudo al sacramento de la reconciliación para recibir el perdón de Dios?
¿He puesto ya los medios para reparar mis ofensas a Dios y al prójimo?

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